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- Jerarquía de los espíritus
Los espíritus se dividen en varias
clases, siendo, por lo tanto, diversas sus facultades y condiciones.
El espíritu Supremo o Creador es el que todo lo rige y gobierna, ya El
están sujetas de un modo absoluto todas las cosas creadas, así
espirituales como materiales.
A sus inmediatas órdenes, y como jefes principales, se hallan los
espíritus superiores a los cuales siguen en relación de su categoría, los
medios e inferiores. Cada espíritu reúne cualidades y acepciones
distintas. Los hay celestes, aéreos, terrestres e infernales,
denominándose, según sus condiciones, de protección, misericordia,
tentación, de bien y de daño.
Cada uno llena su misión especial en el universo y todos en absoluto
rinden culto y obediencia al Supremo Creador y Espíritu Soberano.
Es regla general en todas las regiones, admitir como verdad fija la
existencia del espíritu del bien y del mal, haciéndolos antagónicos entre
sí. Esto no lo puede admitir la ciencia sagrada de la verdadera magia por
la razón de que el bien y el mal son el complemento de todas las cosas.
Así como no hay placer sin dolor, así en toda la creación tiene por
necesidad que existir los absoluto y lo relativo, que en su complemento.
Puede asegurarse, por lo tanto, que el bien está unido al mal, la dicha a
la infelicidad, la pena o la alegría, la vida o la muerte, el espíritu a
la materia, el alma al cuerpo, el calor al frío, la luz a la oscuridad,
etc.
Los espíritus pueden ser, individualmente, buenos o malos, de luz o
tinieblas; pero todos absolutamente llenan su misión con arreglo a las
leyes 4ue tuvieron en su creación. Así se comprende que los espíritus de
tentación, se dediquen a tentar; los de misericordia y protección a
proteger, etcétera. Los llamados celestes residen en el cielo, los aéreos
en el aire, los terrestres en la tierra y los infernales en sus guaridas.
Aparte de que cada uno llena una misión, como ya se ha dicho, todos, sin
embargo, deben respeto y obediencia al Espíritu Supremo, cuyo nombre es
Jehová en hebreo, Alpha y Omega en caldeo, Alá entre los moros y Dios
entre los cristianos. En los trabajos se pueden invocar a todos, pero
deberán llamarse únicamente los de una u otra cualidad, según la clase de
petición 4ue se haya de hacer.
Es decir, que cuando el conjuro sea de tentación se llamará a los de
tentar; cuando de agrado o amor a los de agradar; si es de bien, a los
buenos, y si es de mal, a lo malos, y así sucesivamente.
Los espíritus buenos dominan siempre sobre los' malos; no así estos sobre
aquellos, por tenerlo así dispuesto el Soberano' Hacedor, a quien todos
rinden una obediencia absoluta.
Téngase presente que el signo de la cruz, llamado signo de redención,
tiene tal virtud y fuerza sobre los malos espíritus, que no pueden
resistir su vista, y únicamente hallándose aposentados dentro de una
persona o animal impuro, o bien obligados por al fuerza del algún conjuro
o invocación, es como pueden permanecer a su lado.
Para invocar a los espíritus de luz o celestes, tampoco deberá usarse por
ser para ellos un signo de gran veneración y respeto, dando por resultado
que su contemplación les extasía y subyuga, sin dejarIes prestar atención
a ninguna otra cosa. Por esto se ha indicado que la cruz deberá retirarse
de todas las ceremonias mágicas y únicamente podrá usarse en los
experimentos o en las invocaciones que se hagan a los principales
espíritus celestes superiores. Hechas estas advertencias se indicarán las
diferentes
jerarquías y nombres de los espíritus a los cuales se habrá de invocar
según las experiencias que quieran ejecutarse.
El Espíritu Supremo
El Espíritu Supremo es el Hacedor de todo lo creado, sobre el cual nadie
tiene mando, y a quien todos deben obediencia, sumisión y respeto. Es tan
inmensa y tan grande, que no hay un sólo átomo en la creación a donde no
llegue su misterioso fluido.
Del Espíritu Supremo se derivan todos los demás espíritus, puesto que
éstos no son en realidad sino partes del gran todo. Por esta razón la
ciencia mágica demuestra que si bien los espíritus se dividen en varias
clases, todo a medida que se van perfeccionando y una vez llenada la
misión que el Supremo Creador les ha encomendado, vuelven de nuevo a
identificarse con él.
Todo en el universo constituye una vida única, animada por el Espíritu
Divino y nada existe en realidad que no sea por él alimentado.
Bien, puede, por lo tanto, llegarse a la afirmación absoluta de que el
Espíritu Supremo es eterno e infinito, que todo lo rige y dispone, siendo
a la vez la causa de todas las cosas y principio de todo lo creado.
Para El no existe tiempo, espacio ni medida, y aunque es difícil poder
expresar su grandeza, trataremos de hacer algunas observaciones que nos
den una ligera idea de su inmensidad y de la obra y maravillas de la
creación.
Figúrese, por un momento, que se propone emprender un viaje a través del
espacio infinito. Pues bien; admitiendo como punto de base la velocidad de
la luz, que camina con una rapidez de 77.000 leguas por segundo y tomando
la tierra como punto de partida, hará cuenta de que se dirige a un punto
cualquiera del espacio. Al primer segundo habrá recorrido 77.000 leguas,
al segundo 144.000 y a los cien 770.000. Con esta velocidad maravillosa en
un minuto de viaje estará a la distancia de la tierra de 4.420.000 leguas.
Siguiendo esta marcha durante días, meses, años y siglos, se habrán
recorrido miles de millones de leguas, cuyo cálculo no hay posibilidad de
determinar pero con ser esto tan maravilloso resultaría que después del
espacio recorrido y aún continuando con la misma velocidad durante
millones de años, no se llegaría jamás al límite de lo infinito, por la
sen~illa razón de que lo infinito no tiene límite. Así se debe considerar
al Espíritu Soberano, puesto que es eterno, y lo eterno no tiene principio
ni fin. Por lo tanto y habiendo demostrado que este espíritu lo llena' y
lo vivifica todo, puede calcularse lo difícil que ha de ser a los hombres
expresar ni comprender su inmensidad.
Las palabras «infinito», «eternidad» y «Ser Supremo», escapan por completo
a la penetración humana, puesto que nuestra inteligencia es demasiado
limitada para poder definirlas.
Goethe decía: El Ser Supremo es incomprensible al hombre; no tiene de El
más que un sentimiento vago, una idea aproximada, lo cual no quita que
estemos tan identificados con la divinidad, que puede decirse que ella nos
sostiene; que en ella vivimos y por ella respiramos. Sufrimos y gozamos,
según las leyes eternas, ante las cuales representamos a la vez un papel
activo y pasivo. Poco importa que lo reconozcamos o no. El niño saborea el
dulce sin inquietarse en saber quien lo ha hecho, y el pajarillo picotea
la cereza sin pensar de qué ha brotado. ¿Qué sabemos de la idea de Dios,
ni qué significa en definitiva esta estrecha intuición que tenemos del Ser
Supremo, aunque se le designara, como los turcos con un ciento de nombres
quedaría infinitamente debajo de la verdad: ¡tan innumerables son sus
atributos!... Como la divinidad se manifiesta no solamente en el hombre.
sino igualmente en la naturaleza entera y en los acontecimientos del
mundo, la idea que podemos formamos de ella, es de todo punto
insuficiente.
Hecha esta ligera explicación sobre el Espíritu Supremo, pasaremos a
tratar de los espíritus celestes. según su importancia y jerarquía.
Para la mejor comprensión, exponemos a continuación dos tablas que
contienen las figuras de los principales espíritus de luz, y los signos
que emplean para firmar sus pactos con los hombres.
Espíritus Superiores son aquellos que se consideran primeros en categoría
y que tienen por lo tanto la potestad de mandar sobre los demás que se
hallan en inferior escala.
LOS ESPÍRITUS CELESTES
Llámense espíritus celestes a los que
habitan el firmamento y los astros que giran por el espacio. Sus funciones
son presidir el destino de cada mortal y dirigir los acontecimientos que
le conciernen, conforme a la voluntad del Divino Creador. Por eso los
espíritus celestes están al abrigo de todas las emboscadas de los genios
dañinos.
Cada espíritu celeste no puede obrar. con arreglo al astro a que
corresponde y según los que le permite la omnipotencia divina, porque Dios
sólo le da el poder de obrar. Por esta razón. dichos espíritus no pueden
emprender nada sino bajo la dirección divina y sólo cosas que conducen a
un buen fin, como lo confirma la historia del mundo desde su creación.
Hay siete gobernantes que tienen funciones diferentes. Sus astros visibles
son: Aratón. Bethor, Praleg, Och, Hageth. Ophiel y Phul. a los cuales se
les atribuyen las condiciones siguientes:
l.
Aratrón, tiene el poder de cambiar
instantáneamente en piedras o metales objetos diferentes y al contrario,
por ejemplo: convierte el carbón en oro y viceversa; enseña la Alquimia,
la Magia, la Física, hace invisibles a los seres y da larga vida.
2.
Bethor, confiere las altas dignidades acerca del hombre a los espíritus
que le dan respuestas exactas, transportan los objetos de un lugar a otro,
proporciona piedras preciosas y prolonga la vida indefinidamente, si Dios
lo permite.
3.
Phaleg, pertenece a los atributos de
Marte, establece la paz y eleva a las altas jerarquías militares a quienes
han recibido su marca.
4.
Och, preside a los atributos del Sol, y da larga vida y salud, distribuye
la sabiduría, enseña la medicina y da el poder de cambiarlo todo en oro
puro y en las piedras más preciosas.
5.
Hageth, bajo la influencia de Venus da muy grande hermosura a las mujeres
que honra con su protección, les distribuye todas las gracias, cambia el
cobre en oro y al contrario.
6.
Ophiel, posee el poder de la transmutación metálica, hasta el astro
Mercurio; da el medio de transformar la plata en oro, transformación en
que se funda, según la Alquimia, la gran piedra filosofal.
7.
Phul, gobierna las regiones lunares. Su potencia se extiende a la curación
de infinitas enfermedades, cambia todos los metales en plata,. protege al
hombre que navega y da larga y poderosa vida.
No olvidar jamás que todo es posible a quien tiene fe y voluntad, y que
por el contrario, nada conseguiré quien carezca de ambas cosas. N o hay
obstáculos mayores que los que operen el aturdimiento., la ligereza, la
inconstancia o la frivolidad, el desarreglo y las pasiones desordenadas.
Quien quiera poseer el don de la magia, tiene que ser antes que todo
hombre honrado, virtuoso, constante en sus palabras y en sus acciones,
firme en todos los trabajos. prudente y avaro solamente de su sabiduría y
creyente leal a la empresa que acomete.

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