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Las promesas del Infierno y los Pactos con el Diablo son algo muy distinto de la Iniciación satánica. De aquéllos hablaremos más adelante, pero ahora nos detendremos a considerar las fórmulas, el ceremonial o los ritos de quienes se inician en el culto a Satán, que es lo que les convierte en servidores suyos, en brujos y en brujas vc::rdaderos. Ante todo hay que señalar que para la iniciación es preciso que exista el Gran Brujo o la Reina de Shabbath, aparte de un grupo de fieles seguidores y de siervos fanáticos, que constituyan la masa de esa secta en la que ha de entrar el o la candidata. El atractivo principal que el Satanismo ofrece a sus adeptos es la posibilidad de dar rienda suelta a todos sus deseos, incluso los más infames, porque son precisamente éstos los que más y mejor pueden atraerle los favores de su nuevo Amo. A través de sus más idóneos representantes, Satán ofrece toda clase de poderes al nuevo porsélito. Estos van desde el de la fascinación, que le permitirá apoderarse de las voluntades de las demás personas, hasta la capacidad de descubrir los tesoros ocultos con lo que obtendrá la riqueza. De este modo, con aquella primera cualidad estará en condición de seducir a mujeres -u hombres, si se trata de una bruja- por el solo hecho de mirarlas con la fijeza del búho o del sapo y de la serpiente, en tanto que el oro permitirá comprar voluntades para conseguir cuanto se le antoje. El brujo recita a su discípulo en larga y detallada retahíla cuáles son sus poderes, que van a serIe transmitidos después de la ceremonia de la iniciación. Y así le dice: -Sabrás fabricar los queridos y apreciados venenos que eliminarán a tus enemigos. Aspirarás la vida de los otros seres y bailarán ante ti cuándo y cómo se lo ordenes. Los animales muertos te comunicarán los secretos de la naturaleza para que domines a los vivos, para que los metales no se te resistan y hasta las estrellas de obedezcan. El fluido del Infierno estará en tus venas para que puedas ser uno más entre los Señores de la Tierra. «Con un poco de polvo de imán sobre un brasero, producirás cataclismos, atraerás el rayo o provocarás inundaciones. Con orines batidos harás nevar, caer el granizo o que diluvien las nubes. Podrás transformarte a voluntad en persona más joven o más vieja, en nombre o mujer, según tu gusto. Volarás por los aires como el búho y el murciélago, y te deslizarás por la tierra sin ser oído como el lagarto y la serpiente. Ni los hombres ni las bestias se atreverán a atacarte, porque delante de ti estará el escudo del Belial. Mas para que obtengas éste es preciso que Satán te acepte entre sus elegidos.» La inmediata pregunta del neófito, era: -¿Y cómo llegaré hasta El para que me admita? He estudiado mucho las Ciencias Secretas, pero aún no he conseguido que responda a mis invocaciones o a la conjuros que le he hecho. -Has de abrir más todavía tu cuerpo y tu espíritu. El Diablo necesita entrar en ti, enseñorearse de tu carne y dominar tu mente. Ahora estás en el camino preciso. ¡Ábrelas! Luego, con voz tonante, el Brujo o la Reina del Shabbath, increpaban al novicio: -¿Estás verdaderamente dispuesto? -¡Lo estoy! -Repite entonces: Satán, Accipe me. Satán, recíbeme. Cuando el neófito repetía aquellas palabras, quien presidía la ceremonia le volvía la espalda y mostraba el trasero, para que en él depositase el beso humillante. Luego, volviéndose nuevamente de cara y manteniéndole en la misma postura, de rodillas, se le conminaba a repetir las letanías de Satán, que todos los presentes salmodiaban a coro.
«¡Oh, tú, el más sabio y hermoso de los Angeles, Dios traicionado por la suerte y privado de alabanzas. ¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
¡Oh, Príncipe del exilio, que sufres la injusticia. y que, aun vencido, te yergues con renovada fuerza. ¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
¡Oh, tú que todo lo sabes, gran rey de las cosas ocultas, curandero familiar de las humanas agonías. ¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú que, incluso, a los leprosos y a los parias malditos enseñas por el amor el gusto del Paraíso. ¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
¡Oh, tú, que de la Muerte, tu vieja y fornida amante, engendras la Esperanza, esa loca encantadora. ¡Oh. Satán, ten piedad de mi larga miseria! Tú, que das al proscrito la mirada y calma y altiva, que condena todo un pueblo alrededor del cadalso. ¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú, que sabes en qué rincón de tierras envidiosas, el Dios celoso guarda las piedras preciosas. ¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria! Tú, cuyo ojo claro conoce los profundos arsenales, donde duerme amortajado el pueblo de los metales. ¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú, cuya larga mano esconde los precipicios, al sonámbulo errante por el borde de los edificios. ¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Tú, que, mágicamente, aligeras los viejos huesos, del borracho rezagado, picoteado por los caballos. ¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria! Tú, que, para consolar al débil que sufre, nos enseñas a mezclar el salitre con el azufre. ¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria! Tú, que pones tu marca, ¡oh, cómplice sutil, sobre la frente del Creso despiadado y vil! ¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria! Tú, que pones en el corazón y los ojos de las rameras, el culto de los harapos y el amor a las llagas. ¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Báculo de los exiliados, lámpara de los inventores. confesor de los ahorcados y de los conspiradores. ¡Oh. Satán, ten piedad de mi larga miseria!
Padre adoptivo de aquellos que en su negra cólera del Paraíso terrestre expulsó el Dios Padre. ¡Oh, Satán, ten piedad de mi larga miseria!
¡Gloria y alabanzas a ti, Satán, en las alturas del Cielo, donde tú reinas, y en las profundidades del Infierno, donde, vencido, sueñas en silencio! ¡ Haz que mi alma un día, bajo el Árbol de la Ciencia, cerca de ti se repose, a la hora en que sobre tu frente, como un Templo nuevo, sus ramas se extiendan!»
Según las más viejas tradiciones, cuando los símbolos son los correctos y el que invoca a Satán lo hace con plena convicción, el Señor de los Infiernos no resiste a esa llamada y efectúa su aparición. Así era cómo se producía la ceremonia de la iniciación, porque aquel que aceptaba la ofrenda de almas, de cuerpos, de los pensamientos obscenos y criminales, y la sangre de las víctimas, no podía desoír a sus siervos yendo hacia ellos en medio del trueno y de los relámpagos, pero sin infundir miedo en sus adoradores. A partir de ese momento llegaba ya la confesión de los males omitidos, de los que el neófito era absuelto por el Brujo o la Reina del Shabbath, en nombre del Satán, de mala gana. ¡Cuán distinta era su actitud si el novel proclamaba no haber dejado mal sin hacer o crimen sin realizar! Entonces sí que podía ser acogido con los brazos abiertos como hijo predilecto del Diablo o como aborto del Infierno, lo que para el caso viene a ser igual. A continuación y siguiendo las interpelaciones de quien presidía la ceremonia, el candidato renunciaba a cualquier creencia deísta que pudiera haber tenido hasta aquel momento -en especial las cristianas- y procedía a jurar fidelidad a los Mandamientos Infernales. Continuación --->
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