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  • El aire sofocante

La Ceremonia del Aire Sofocante es el rito que se celebraba al ingresar en el grado Sexto de la Orden de los Caballeros Templarios. Su objeto es celebrar un renacimiento de la carne y repudiar de cuanto hayamos podido negarnos en el pasado. Por medio de un supuesto enterramiento se consigue, simbólicamente, un nuevo nacimiento. La ceremonia tuvo su origen en el siglo XIII. Relatos referentes a la celebración de L 'A ir Epais tuvieron como consecuencia fortalecer las medidas del rey Felipe IV de Francia en su campaña para abolir la Orden, la que fue puesta fuera de la Ley en 1331.

 

LO QUE SE REQUIERE PARA LA REALIZACIÓN

 

La cámara debe ser negra o debe estar guarnecida de espejos. Una cámara guarnecida de espejos le proporciona al oficiante una mayor confrontación, haciéndole hiperconsciente de su papel. Los espejos sirven también para «robar el alma», de acuerdo con la vieja tradición. En la cámara ha de haber una silla austera para que el oficiante se siente en ella durante la primera parte del ritual. El atáud puede ser de cualquier tipo, aunque es aconsejable el tradicional estilo hexagonal, pues esta es la clase de atáud que figura en el actual símbolo del Sexto grado de los Templarios y, combinado con la calavera y las tibias, sigue formando parte de la simbología masónica. En cualquier caso, el atáud debe ser lo bastante amplio como para que en él puedan instalarse dos personas. De ahí que con toda probabilidad llegue a ser necesaria una construcción especial, con sus subsiguientes modificaciones.

Es necesario emplear todos los acostumbrados objetos del ritual satánico. Otras cosas que son necesarias es un látigo para. flagelar al oficiante, una vinagrera para el Vino de la Amargura y una copa.

El oficiante (Papa) va vestido con atuendos harapientos y raídos. El Rey desempeña el papel de abogado del oficiante, y lleva andrajos y una miserable corona de cartón. De Molay está vestido con un esplendor satánico. Luce el manto de los Templarios y los símbolos de su cargo. Empuña una espada.

La mujer tendida en el ataúd habrá de ser sensualmente incitante y atractiva, lo cual en completa oposición al concepto de palidez y de aspecto exangüe que habitualmente se asocia con la muerte.

En lo que se refiere a la música conveniente para este ritual, se puede recurrir a Le Messe Noir, o bien puede emplearse también la «Sinfonía Fúnebre y Triunfal» de Berlioz.

 

COMO HA DE PROCEDERSE EN LA REALIZACIÓN

 

La ceremonia comienza de manera habitual, tal como está descrita en La Biblia Satánica. Es leída la Duodécima Clave Enochiana, y a continuación empieza el Tribunal. Una vez que han sido hechas las acusaciones, y que al Rey se le ha permitido interceder en los momentos oportunos, es pronunciada la sentencia y el sacerdote de la Denuncia (Ciudad de la Noche Terrible). Deteniéndose a mitad de la recitación de la Denuncia, el sacerdote indica que el Vino de la Amargura le sea entregado al oficiante, el cual, tras haber aceptado la última bebida, escucha hasta que termina la letanía. En este momento, el sacerdote hace señas con el fin de que al oficiante se le prepare para su definitiva humillación y, con ello, para su goce. Los líctores (guardias) retiran al oficiante de su asiento y lo colocan de bruces sobre la tapa del ataúd. Entonces el sacerdote lee pasajes bíblicos del capítulo 1 de Hebreos. Elige, exactamente, los versículos comprendidos entre el 6 y el 12.

Después de haber sido flagelado, al oficiante se le levanta la tapa del ataúd con su vara o con el. pomo de su espada. En el interior del ataúd se oye un grito y la tapa es abierta desde dentro. Los brazos de la mujer que lo ocupa se tienden hacia delante de un modo seductor. Los líctores introducen al oficiante en el ataúd, y lo dejan entregado a su perdición o a su liberación, según sea el caso. Mientras la infusión tiene lugar en el ataúd, el sacerdote lee la Décimotercera Clave Endochiana. Una vez que la infusión ha terminado, la mujer grita: «Assezl» (¡Bastante!) y al oficiante se le saca del ataúd y se le conduce junto al sacerdote para que se hable. El oficiante proclama su amor a Satán y, para dar muestras de su nueva fidelidad, se desprende de los símbolos del martirio.

El sacerdote llama al Rey, al objeto de seguir adelante con el juicio. Pero se comprueba que el Rey ha desaparecido. Ha sido desterrado al lugar de la indecisión eterna y de la melancolía, donde permanecerá en medio de un viento triste que agitará sus andrajos. Y nadie volverá a vedo jamás.

El sacerdote lleva a cabo su proclamación definitiva y la ceremonia concluye de la manera habitual.

 

EL TRIBUNAL

 

(El sacerdote presenta a los participantes. Su Alto Tribunal, dice, se reúne esta noche para juzgar el caso del papa Clemente y del rey Felipe de Francia, a los cuales se les acusa de conspiración, asesinato y traición. Entonces le pide a Clemente que justifique sus actos.)

 

EL PAPA

 

No puedo comprender este misterio. Una maldición de un enorme poder se abate sobre mi persona y mis actos. Los Templarios se han vengado. Han destruido al Papa, han destruido al Rey. ¿Es que ni siquiera la muerte ha terminado con su poder?

 

EL REY:

 

Este asunto es viejo y ha quedado olvidado.

 

SA CERDOTE:

El asunto no puede ser olvidado. Entre los más bravos de Francia, murieron muchos hombres.

 

EL PAPA:

N o fui yo quien los condenó. Su rey, Felipe, obtuvo informaciones que le hicieron conocer los actos de los Templarios. Tuvo en cuenta su fortuna, su poder, su arrogancia y sus ritos extraños, oscuros y terribles. Por ello los condenó... ¡a muerte!

 

DE MOLAY:

Pero, ¿qué derecho tenía de hacerlo? ¿Qué título se le había dado? ¿Es que cuando mis caballeros y yo juramos proporcionarle la victoria al estandarte sagrado y consagrar nuestra vida y nuestro noble ejemplo a conquistar, defender y proteger el Templo hicimos nuestro juramento

a algún rey?

 

SA CERDO TE:

La autoridad de Felipe no es más que la de un profano. Intentó ignorar la fuerza superior, el poder de los Magos que hoy han convocado nuestro Alto Tribunal.

(Felipe le murmura algo al Papa.)

 

EL PAPA:

Felipe era su rey, era su jefe. Era también su guía, su guía espiritual. Los Templarios fueron arrogantes. Se creían superiores a toda ley. Era preciso aplastarlos. Era preciso que aprendiesen una lección de humildad en los calabozos

de su rey.

 

DE MOLAY:

 

Informe usted al rey que nos puso grilletes que, en lugar de resistimos, nos entregamos a su causa. Pero él deseaba hallamos indignos y descargó sobre nosotros su anatema porque teníamos nuestro Templo y no queríamos renunciar a nuestras creencias, esas creencias que nos dan nuestra fuerza interior. Se puede arrastrar a un inocente a una mazmorra, pero si está dotado de una fuerza interior y es verdaderamente generoso, jamás se dejará abatir por el peso de sus grilletes.

 

EL REY:

 

Eso es cierto, Molay. Su coraje no fue debilitado por la prisión y la tortura. Pero usted confesó. Reconoció sus crímenes y los de su Orden.

 

SA CERDOTE'

¡Usted los torturó! ¡Usted trató a estos caballeros, que durante toda su su vida habían luchado para defender su trono, como hubiera podido tratar a asesinos o ladrones!

 

DE MOLA Y  (a Felipe):

Su Majestad, cuando me distinguía entre todos sus súbditos, usted me colmaba de honores. El día en que obtuve el ilustre privilegio de imponerle mi nombre al hijo del Rey de Francia, ¿hubiera podido esperar la solemne afrenta de aparecer ante vuestros ojos como un vil criminal?

 

                                                                CONTINÚA ----->

           

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